Durante cincuenta y cinco años, aquel lugar había sido el destino de mis preguntas.
Ahora era un lugar donde podía recordar sin sentir que estaba esperando una respuesta.
Coloqué la rosa blanca y dejé la fotografía junto a ella.
—Hola, Thomas —susurré—. Este año tengo una historia nueva que contarte.
Le hablé de David, de las fotografías que me había enseñado y de la última broma que Thomas había hecho en el hospital.
Le conté que había vuelto a tomar café en una pequeña cafetería cerca de mi casa y que, por primera vez en muchos años, había empezado a escribir mis propios recuerdos.
Antes de marcharme, miré hacia el cielo.
Un avión cruzaba las nubes.
Como siempre, levanté la mano y le lancé un beso.
Pero esta vez no me llevé la palma al corazón con tristeza.