Aparté la mirada.
—¿Por qué no viniste a buscarme cuando regresaste?
Thomas tardó mucho en responder.
Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro.
—Porque era un cobarde.
Lo miré.
—No digas eso.
—Tengo que decirlo. Estuve herido. Pasé años intentando comprender lo que me había ocurrido. Pero eso no explica todo. Cuando finalmente pude reconstruir mi vida, pensé que tú habrías seguido adelante. Me convencí de que regresar a tu puerta solo te causaría dolor.
Hizo una pausa para recuperar el aliento.
—Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil se volvía enfrentarme a la posibilidad de que me odiaras.
Sentí que la tristeza se convertía lentamente en rabia.
—¿Y decidiste por mí? ¿Decidiste que era mejor dejarme creer que estabas muerto?
Thomas no intentó defenderse.
—Sí.
Aquella respuesta me desarmó.
Durante cincuenta y cinco años había imaginado explicaciones. Había culpado a la guerra, a las circunstancias, a la mala suerte.