—Poder entrar cada mañana al hospital sin tener que traicionar aquello en lo que creo.
Mi padre asintió lentamente.
Debajo de la mesa, Adrián rozó mi mano.
No la tomó hasta que yo entrelacé mis dedos con los suyos.
Afuera comenzaba a llover.
Dentro de casa olía a pescado recién hecho.
Y pensé en aquella primera reunión.
En las treinta y seis personas que me habían visto perder mi puesto.
En Clara riéndose a mis espaldas.
En aquel hombre que me había apartado del quirófano sin explicarme por qué.
Durante semanas creí que me habían enviado al mostrador de información para demostrarme que yo no valía nada.
Pero fue precisamente allí donde una viuda me entregó el documento que empezó a revelar toda la verdad.
Me habían arrebatado un cargo, pero no mis conocimientos, mi dignidad ni mi derecho a defenderme.