—¿Los seis? ¿Ninguno ha podido venir a verme el día de mi cumpleaños?
Sarah comenzó a llorar.
—Mamá, no es tan sencillo.
Miré la carta de Daniel.
—Entonces explícame qué está pasando.
Mi hija respiró profundamente.
—Mis hermanos y yo hemos estado hablando de la casa.
Sentí un dolor tan profundo que durante unos segundos no pude hablar.
—¿Qué pasa con mi casa?
—Creemos que deberías venderla. Es demasiado grande para ti y podrías conseguir una buena cantidad de dinero.
—¿Y después?
—Podrías comprar un apartamento más pequeño. O mudarte cerca de alguno de nosotros.
—¿Cerca de quién, Sarah? Hace tres años que no vienes a visitarme.
Ella sollozó.
—Lo sé. Y lo siento.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque sabíamos que te enfadarías.
Cerré los ojos.
Aquella respuesta me dolió más que cualquier otra.