—¿Vender mi casa? —repetí—. ¿Quién?
El policía sacó otra hoja.
Allí aparecían los nombres de dos de mis hijos y una empresa inmobiliaria.
Me quedé mirando el papel.
Aquella casa no era simplemente una propiedad. Era el lugar donde había criado a seis niños, donde había medido sus estaturas en el marco de una puerta y donde había llorado en silencio cuando su padre se marchó.
Era el lugar donde había pasado noches enteras trabajando para que ellos nunca sintieran que les faltaba algo.
—No pueden vender mi casa —dije—. La casa está a mi nombre.
—Eso es importante —respondió el agente—. Por lo que hemos podido comprobar hasta ahora, usted sigue siendo la propietaria. Pero debe hablar con un abogado independiente antes de firmar cualquier documento.
Entonces me entregó un sobre más pequeño.
En el exterior estaba escrito el nombre de Daniel.