Después me miró.
—Creo que mi padre habría querido que fuera feliz.
Asentí lentamente.
—Estoy seguro de que sí.
Clara apoyó la cabeza en mi hombro.
Permanecimos juntos frente a la ventana, contemplando el amanecer.
En aquel momento comprendí una verdad que había pasado toda mi vida intentando ignorar: quien construye su existencia únicamente sobre la fuerza y el dinero termina condenado al vacío. En cambio, quien se atreve a abrir su corazón a la compasión, la honestidad y la lealtad descubre una riqueza que ningún imperio puede ofrecer.
La vida no es solamente una sucesión de pruebas, pérdidas y arrepentimientos.
También es la posibilidad de reparar lo que hemos roto, de perdonar sin olvidar y de encontrar una familia allí donde antes solo existían enemigos.
Nuestro futuro ya no estaría protegido por un ejército de guardaespaldas ni por montañas de dinero.