Después, mi hijo se acercó a la mesa y empezó a recoger los platos.
—Mamá, descansa. Nosotros nos encargamos de la cocina.
Lo miré durante unos segundos.
No era una escena extraordinaria. Era lo que cualquier familia debería considerar normal.
Pero para mí significaba mucho.
No porque mi hijo estuviera recogiendo los platos, sino porque ya no esperaba que yo lo hiciera todo.
Aquella noche, cuando todos se marcharon, salí al balcón con una taza de té.
Pensé en la mujer que había sido el día de la cena familiar: una mujer cansada, con las rodillas doloridas, que creía que amar a su familia significaba soportarlo todo.
Pensé en la maleta, en el autobús de madrugada y en el boleto de lotería escondido entre mis pertenencias.
Y comprendí algo que el dinero jamás podría haberme enseñado por sí solo.