tenía vello visible en el rostro y las cejas unidas, pero me negaba a cambiar mi apariencia. Todo el salón estalló en carcajadas cuando mi esposo mostró fotografías ampliadas de mi rostro en una pantalla gigante y gritó: «¡MIREN A ESTE MONSTRUO! ¡ME AVERGÜENZA QUE SEA MI ESPOSA!». Pero tres meses después, cuando me vio en televisión, cayó de rodillas, suplicándome que no revelara su terrible secreto…

—No voy a mentir por ti. Tampoco voy a vengarme. Lo que ocurra a partir de ahora dependerá de tus decisiones.

Cerré la puerta.

Esta vez, no lloré.

Pasaron seis meses. La investigación siguió su curso y yo continué reconstruyendo mi vida. Volví a trabajar, hice nuevas amistades y aprendí a mirarme al espejo sin buscar defectos.

También inicié un tratamiento médico para mi problema hormonal, pero por decisión propia y bajo supervisión profesional. No porque Daniel tuviera razón, ni porque quisiera convertirme en otra persona.

Lo hice porque quería cuidar de mi salud.

Mis cejas siguieron siendo pobladas. El vello de mi rostro no desapareció por arte de magia. Y, sin embargo, algo había cambiado profundamente.

Ya no sentía que tuviera que pedir permiso para existir.

Un día, mi madre me acompañó a caminar por un parque. El sol iluminaba mi cara y ella me observó con una sonrisa.

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