En el estudio se escucharon murmullos.
No era simplemente un hombre que se avergonzaba de su esposa.
Era un hombre que llevaba meses construyendo una imagen de perfección mientras ocultaba sus propios problemas.
Y había utilizado mi apariencia para distraer a los demás de sus mentiras.
La presentadora me miró.
—Emily, ¿sabías algo de esto cuando estabas casada con él?
Negué con la cabeza.
—No. Yo confiaba en él. Nunca imaginé que la persona que me humillaba por no parecer perfecta estuviera escondiendo tantas cosas.
En ese preciso instante, mi teléfono comenzó a vibrar sin parar.
Era Daniel.
No contesté.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Finalmente, respondí.
—¡Emily! —gritó—. ¡Tienes que detener esto ahora mismo!
—No puedo detener una investigación que no controlo.
—¡Vas a arruinar mi vida!
Cerré los ojos.
Durante años, había esperado escuchar de sus labios una disculpa sincera por todo lo que me había hecho sufrir.