Empecé a buscar trabajo y encontré una organización que apoyaba a mujeres que sufrían discriminación por su apariencia física o por problemas médicos. Allí conocí a otras mujeres que habían pasado por experiencias parecidas.
Una de ellas me habló de un programa de televisión que buscaba testimonios reales para una emisión especial sobre la humillación pública y la violencia psicológica dentro de las relaciones.
Al principio, me negué.
No quería que millones de personas examinaran mi rostro. Ya había sufrido suficiente.
Pero la directora del programa me dijo algo que nunca olvidaría:
—Emily, no tienes ninguna obligación de cambiar tu cara para merecer respeto. Si decides contar tu historia, hazlo porque tu voz también importa.
Acepté la invitación.
Durante las semanas siguientes, hablé con el equipo de producción. Les mostré los mensajes de Daniel, incluidas las fotografías que me había enviado para compararme cruelmente con otra mujer.