Me detuve frente al retrato de mi madre.
—Mamá —susurré—, finalmente puedo escuchar.
El reloj del pasillo marcó las once.
Su sonido resonó suavemente por la casa.
Sonreí entre lágrimas.
Durante años había creído que el silencio era mi destino.
Ahora comprendía que, aunque jamás recuperaría el tiempo perdido, todavía tenía una vida por delante.
Y estaba decidido a escucharla.
FIN.