Mi exesposa me miró entonces.
Por primera vez en quince años, no vi en su rostro arrogancia ni desprecio. Vi a una mujer que parecía comprender, quizá demasiado tarde, la dimensión de sus decisiones.
—Creí que algún día me entenderíais —susurró.
Chloe negó despacio con la cabeza.
—Quizá algún día entendamos tus motivos. Pero entenderlos no significa que no nos hicieran daño.
Elena miró a sus seis hijas. Ninguna la insultó. Ninguna la echó del salón. Nadie le arrojó nada ni intentó vengarse de ella.
Y eso pareció dolerle más que cualquier humillación.
—¿Puedo al menos quedarme en la boda? —preguntó.
Chloe respiró hondo.
—Claro que puedes. Hoy no voy a convertir mi boda en un castigo. Si quieres quedarte, puedes hacerlo. Pero no esperes que quince años de ausencia desaparezcan porque te hayas presentado con un vestido bonito.