Aquella última frase me heló la sangre.
—¿Qué dinero, Daniel? ¡Yo no te he dado dinero!
Entonces comprendí que ni siquiera había empezado a contarme toda la verdad.
Colgué.
Y llamé a la policía.
Durante los días siguientes, la investigación comenzó a revelar la magnitud del engaño.
Conservamos las capturas de pantalla, los mensajes, el enlace de la página y los registros de nuestras conversaciones. También guardamos los números de teléfono desde los que me habían llamado desconocidos.
La policía me indicó que no volviera a contactar con Daniel y que no intentara reunirme con él por mi cuenta.
Un agente especializado en delitos informáticos nos explicó que el uso de fotografías auténticas podía hacer que un perfil falso pareciera convincente. Los delincuentes se aprovechaban de la confianza de las personas y, en algunos casos, utilizaban varias identidades para mantener el engaño durante meses.