Laura no me juzgó. No me preguntó por qué había confiado en un desconocido ni por qué le había enviado tantas fotografías.
Solo dijo:
—Mamá, no borres nada. Voy para allá.
Aquellas cuatro palabras me salvaron de cometer un error.
Porque lo primero que había querido hacer era eliminarlo todo, esconderme y fingir que aquello nunca había ocurrido.
Pero Laura tenía razón.
Necesitábamos pruebas.
Y necesitábamos descubrir quién era realmente Daniel.
Cuando llegó, examinamos la página juntas.
Encontramos algo todavía peor.
El perfil llevaba tres meses activo, exactamente desde la semana en que Daniel y yo comenzamos a hablar.
Había varias fotografías mías, todas tomadas en mi sofá. Algunas parecían idénticas, pero, al observarlas detenidamente, advertimos pequeñas diferencias.
En una llevaba el cabello recogido.
En otra tenía una taza de té sobre la mesa.