Algunos afirmaban haber hablado conmigo.
Otros aseguraban que yo les había enviado mensajes privados.
Uno de ellos escribió:
«Es muy dulce cuando hablas con ella. Parece una mujer solitaria que solo necesita un poco de atención».
Sentí náuseas.
Porque eso era exactamente lo que Daniel me había dicho durante nuestros primeros días de conversación.
Me gusta hablar contigo, Emily. Eres una mujer que merece volver a sentirse querida.
De repente, recordé todas las noches en las que me había pedido la misma fotografía.
Y comprendí que quizá nunca había sido una muestra de cariño.
Quizá había estado construyendo algo con ella.
Algo que yo jamás había autorizado.
Llamé a mi hija, Laura.
En cuanto escuchó mi voz, supo que algo iba mal.
—Mamá, ¿qué ha pasado?
Intenté explicárselo sin llorar, pero me derrumbé a mitad de la conversación.