A veces recuerdo la última frase que Daniel me dijo antes de que colgara:
«Pensé que podría controlarlo».
Ahora sé que hablaba de las fotografías, de los mensajes y de las personas a las que había engañado.
Pero también intentaba controlar mi silencio.
Y eso es algo que nunca consiguió.
Porque denuncié lo ocurrido, pedí ayuda y conté mi historia.
No para que nadie sintiera lástima por mí, sino para que otras personas comprendieran que detrás de un perfil encantador puede esconderse alguien que no es quien dice ser.
La vergüenza nunca debe recaer sobre quien ha sido engañado. Debe recaer sobre quien decide aprovecharse de la confianza ajena.
Y si alguna vez vuelvo a enamorarme, quiero hacerlo sin miedo, pero también sin cerrar los ojos ante las señales que antes preferí ignorar.
Porque estar sola no significa estar desesperada.