Tardé un momento en responder.
—Quizá algún día —dije—. Pero no volveré a confundir la atención con la confianza.
He aprendido que alguien puede escribirte cada mañana, escucharte durante horas y recordar cada detalle de tu vida sin tener buenas intenciones.
También he aprendido que las fotografías que compartimos en privado pueden terminar en lugares que nunca imaginamos, y que debemos tener cuidado con la información personal que entregamos a personas que todavía no conocemos bien.
Pero la lección más importante fue otra.
No permitiré que un hombre que me engañó me convenza de que mi deseo de amar era una debilidad.
Tengo cuarenta y siete años.
Me he divorciado, he criado a una hija y he atravesado momentos en los que la soledad parecía demasiado grande.
Y sigo teniendo derecho a enamorarme.
Sigo teniendo derecho a confiar, siempre que lo haga sin renunciar a mis límites, a mi seguridad ni a mi capacidad de decir que no.