A los 47 años, conocí a un hombre en Facebook que me pedía que le enviara la misma foto todas las noches. Tres meses después, una desconocida me llamó gritando: «¿NO TIENES VERGÜENZA? ¡TU FOTO ESTÁ EN PÁGINAS PARA ADULTOS!». Pero cuando abrí el enlace que me envió y leí lo que habían escrito… Ojalá nunca lo hubiera hecho…

Cambié mis contraseñas, reforcé la privacidad de mis cuentas y pedí a la plataforma que retirara el contenido. También denuncié el uso no autorizado de mis fotografías ante los servicios correspondientes.

No todas las páginas respondieron inmediatamente, y algunos contenidos tardaron en desaparecer.

La investigación continuó por su cauce legal. No voy a fingir que todo se resolvió de un día para otro, porque no fue así.

Pero, poco a poco, recuperé algo que había perdido durante aquellos tres meses.

La sensación de que mi vida me pertenecía.

Un domingo, Laura vino a cenar.

Después de comer, nos sentamos en el sofá donde me había hecho aquellas fotografías.

Lo miré y sentí una punzada de tristeza.

Durante mucho tiempo había sido mi rincón favorito de la casa. Allí leía, veía películas y hablaba con mi hija por teléfono.

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