Cambié mis contraseñas, reforcé la privacidad de mis cuentas y pedí a la plataforma que retirara el contenido. También denuncié el uso no autorizado de mis fotografías ante los servicios correspondientes.
No todas las páginas respondieron inmediatamente, y algunos contenidos tardaron en desaparecer.
La investigación continuó por su cauce legal. No voy a fingir que todo se resolvió de un día para otro, porque no fue así.
Pero, poco a poco, recuperé algo que había perdido durante aquellos tres meses.
La sensación de que mi vida me pertenecía.
Un domingo, Laura vino a cenar.
Después de comer, nos sentamos en el sofá donde me había hecho aquellas fotografías.
Lo miré y sentí una punzada de tristeza.
Durante mucho tiempo había sido mi rincón favorito de la casa. Allí leía, veía películas y hablaba con mi hija por teléfono.