Anna quería denunciarlo.
Richard le pidió que esperara hasta la mañana siguiente, cuando podrían hablar con un abogado.
Ella se negó.
—Me dijo que, si yo la amaba, debía confiar en ella —recordó Richard—. Pero fui cobarde. Me preocupaba el escándalo y le pedí que no hiciera nada hasta que yo pudiera arreglarlo.
Anna salió de la mansión aquella noche.
Y nunca regresó.
La familia afirmó que se había marchado voluntariamente. Algunos aseguraron que había robado dinero. Otros dijeron que había encontrado a otro hombre.
Richard no creyó ninguna de aquellas historias, pero tampoco consiguió encontrarla.
—La busqué durante años —dijo—. Contraté investigadores, recorrí ciudades y pregunté a todas las personas que la habían conocido. No encontré nada.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
Richard me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Hace tres meses recibí una carta anónima. Decía que Anna había tenido una hija y que esa hija había dado a luz a una niña que se llamaba Emily Carter.