Me llevé una mano a la boca.
—¿Y nuestros hijos lo sabían?
Robert asintió.
—Los tres.
De pronto, todas aquellas llamadas secretas, las conversaciones interrumpidas y las miradas preocupadas empezaron a encajar.
Pero aquello no explicaba sus palabras en el avión.
—¿Y por eso me dijiste que no volvería a verlos nunca más?
Robert bajó la cabeza.
—No exactamente.
Aquella respuesta me enfureció más que cualquier otra cosa.
—¡Robert, he pasado todo el vuelo pensando que mis hijos me habían abandonado o que estabas planeando algo terrible! ¿Cómo te atreves a seguir ocultándome cosas?
—Tienes razón —dijo—. No hay ninguna excusa para lo que he hecho.
Abrió la puerta de la casa.
Y entonces escuché una voz que conocía desde hacía casi cincuenta años.
—¡Mamá!
Emily apareció en el vestíbulo y corrió hacia mí. Me abrazó tan fuerte que casi perdí el equilibrio.