El científico del Vaticano midió el cuerpo de Carlo y salió destruido por la verdad

Esa frase provocó un silencio pesado. No era un triunfo religioso, sino el respeto cauteloso ante un proceso que se había complicado enormemente.olví a casa esa noche y mi esposa, Juliana, supo que algo andaba mal en cuanto me vio; había perdido el color. Durante las semanas siguientes, reescribí el informe varias veces. Luché contra dos tentaciones opuestas: la de sugerir más de lo demostrable por pura fascinación, y la de forzar explicaciones débiles solo para proteger intacto el modelo mental que me había sostenido toda la vida. Al final, firmé un documento mucho más prudente de lo que los devotos habrían querido, y mucho más inquietante de lo que yo mismo hubiera preferido.

Un hombre nuevo frente al límite

El expediente quedó archivado en Roma con la reserva habitual, e intenté volver a mi vida civil como si el subsuelo de Asís no existiera. No lo logré. Algo había muerto en mí aquel enero: mi vieja comodidad, la convicción soberbia de que toda anomalía terminaría obedeciendo, tarde o temprano, a mis categorías científicas favoritas.

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