A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

—¿Qué pasa con él?

—Dentro hay una llave.

Los sanitarios tuvieron que separarnos para subirlo a la camilla.

Me quedé inmóvil, intentando ordenar aquella información.

Una llave.

Un reloj.

Y Daniel.

Mi hermano había sido declarado muerto después de que su coche apareciera calcinado en una carretera secundaria. El estado del vehículo había impedido una identificación visual concluyente, pero las autoridades habían dado por cerrada la investigación tras cotejar las pruebas disponibles.

Yo tenía veintinueve años entonces.

Había llorado en su funeral.

Había visitado su tumba.

Y había pasado tres años convencida de que jamás volvería a escuchar su voz.

Saqué el teléfono y llamé a una compañera de confianza de la unidad de investigación criminal.

—Necesito que compruebes algo por los cauces oficiales. El expediente del accidente de Daniel. Quiero revisar todas las pruebas originales, los informes de identificación y cualquier anomalía en la cadena de custodia.

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