Y mi antiguo mentor había creído que conocer mis métodos le permitiría anticiparse a cada paso.
Los tres olvidaron algo.
Una placa no convierte a nadie en invencible. Lo que importa es no permitir que el miedo sustituya a las pruebas.
Aquella madrugada, cuando entré en la comisaría, Claudia pensó que yo era una hija desesperada que intentaba proteger a un anciano confundido.
No sabía que su propia mentira acabaría abriendo la puerta a una investigación mucho más grande.
Tampoco sabía que mi padre, a pesar del dolor, había encontrado fuerzas para guardar la llave, la fotografía y la memoria que podían demostrarlo todo.
Y yo aprendí que, a veces, el caso más difícil no es perseguir a un desconocido.
Es descubrir que el monstruo al que llevas años buscando ha cenado contigo, ha sonreído en tus fotografías familiares y ha esperado pacientemente a que bajes la guardia.