A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

A la mañana siguiente entregué formalmente la información a los responsables de la investigación y me aparté de cualquier actuación que pudiera comprometer la imparcialidad del procedimiento. No iba a investigar a un antiguo superior utilizando mi posición ni a precipitar una detención por motivos personales.

La unidad competente verificó la grabación, contrastó las comunicaciones y obtuvo las autorizaciones judiciales necesarias para las diligencias posteriores.

Dos días después, los agentes localizaron a Daniel en un apartamento alquilado bajo una identidad falsa.

Cuando lo detuvieron, llevaba puesto el anillo negro de la fotografía.

No intentó escapar.

Tampoco preguntó por Claudia.

Su primera pregunta fue otra:

—¿Lucía sabe lo del dinero?

Cuando me informaron de aquello, entendí que todavía creía que todo se reducía a una disputa por la herencia.

Se equivocaba.

Los once millones eran solo una parte de la historia.

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