A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

En la grabación, Daniel decía:

—Cuando papá firme, transferiremos el dinero y desapareceremos.

Mi mentor respondió:

—No habrá firma. Si el viejo sigue resistiéndose, utilizaremos el informe médico. Después nadie creerá una palabra de lo que diga.

La grabación continuaba.

—¿Y Lucía? —preguntó Daniel.

Hubo una pausa.

Entonces mi mentor pronunció una frase que me hizo comprender por qué mi hermano había podido permanecer oculto durante tres años.

—Lucía hará exactamente lo que le hemos enseñado a hacer. Seguirá las pruebas. Y nosotros decidiremos cuáles encuentra.

7. La trampa final

No dormí aquella noche.

Mi mentor conocía mis métodos, mis hábitos y mi manera de razonar. Sabía qué pruebas buscaría y qué errores detectaría primero.

Pero había cometido una equivocación.

Creía que, por conocerme profesionalmente, conocía también mis límites.

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