A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

3. La llave escondida en el reloj

A las ocho de la mañana fui a casa de mi padre acompañada por otros agentes y siguiendo el procedimiento correspondiente para proteger la vivienda y preservar cualquier posible prueba.

No quería contaminar la escena.

Tampoco quería que Claudia tuviera la oportunidad de destruir algo.

El despacho de mi padre olía a madera vieja y café frío.

Sobre una estantería había fotografías familiares: mi madre en el jardín, Daniel con su uniforme universitario y yo el día en que recibí mi primera placa.

La caja donde mi madre guardaba sus objetos personales estaba vacía.

Pero recordé sus palabras de hacía años.

«Las cosas importantes nunca están donde todo el mundo mira».

El reloj de bolsillo no estaba en la caja.

Lo encontramos detrás de un panel suelto del escritorio, envuelto en un pañuelo bordado.

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