Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle, confesó que aquel hombre le había dicho que él mismo había matado a su primera esposa. El viudo entendió entonces que ella no huía para salvar su matrimonio, sino su vida. Si la escondía, el hombre que la buscaba podía llegar hasta su propia puerta.

Un arriero contó que yo había estado preguntando por Eduviges. Otro dijo que la nueva quesera del viudo era joven y había llegado con un burro canelo. Cuando regresamos de declarar, Centella se detuvo a mitad del camino, erizó el lomo y corrió ladrando hacia la casa.

Había un caballo ajeno amarrado a mi cerca.

Rosalba lo reconoció.

—Es de él.

Le pedí a Eduviges que siguiera hacia el pueblo con una copia de la denuncia y que no volviera. A Rosalba le dije que se quedara entre los cafetos.

—No te voy a dejar solo —respondió.

Era la primera vez que me hablaba de tú.

—No quiero que vuelvas a obedecer por miedo —le dije—. Pero ahora necesito que decidas pensando en lo que nos costó llegar hasta aquí.

Ella apretó los labios y retrocedió entre las plantas.

Nemesio estaba sentado en mi corredor, justo debajo de la lámpara de Elena. Tenía un revólver sobre la pierna.

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