Un arriero contó que yo había estado preguntando por Eduviges. Otro dijo que la nueva quesera del viudo era joven y había llegado con un burro canelo. Cuando regresamos de declarar, Centella se detuvo a mitad del camino, erizó el lomo y corrió ladrando hacia la casa.
Había un caballo ajeno amarrado a mi cerca.
Rosalba lo reconoció.
—Es de él.
Le pedí a Eduviges que siguiera hacia el pueblo con una copia de la denuncia y que no volviera. A Rosalba le dije que se quedara entre los cafetos.
—No te voy a dejar solo —respondió.
Era la primera vez que me hablaba de tú.
—No quiero que vuelvas a obedecer por miedo —le dije—. Pero ahora necesito que decidas pensando en lo que nos costó llegar hasta aquí.
Ella apretó los labios y retrocedió entre las plantas.
Nemesio estaba sentado en mi corredor, justo debajo de la lámpara de Elena. Tenía un revólver sobre la pierna.