Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle, confesó que aquel hombre le había dicho que él mismo había matado a su primera esposa. El viudo entendió entonces que ella no huía para salvar su matrimonio, sino su vida. Si la escondía, el hombre que la buscaba podía llegar hasta su propia puerta.

Una tarde me contó lo demás. Nemesio le había pegado durante años y después pedía perdón. La noche en que confesó lo de su primera esposa, Petronila, Rosalba comprendió que podía terminar igual. Antes de huir tomó de un baúl un reloj de plata que había pertenecido a aquella mujer.

Lo puso sobre mi mesa. Dentro tenía grabado: “Para Petronila, de tu hermana Eduviges”.

—Esto puede llevarnos a alguien que la reclame —dije.

Rosalba asintió.

Pero antes de que pudiéramos movernos, el peligro llegó.

Un domingo bajé al mercado de Xicotepec con los quesos. Un hombre de sombrero fino se acercó al puesto. Tenía ojos claros y una sonrisa tranquila que me puso la piel helada.

—Busco a una parienta —dijo—. Joven, pelo rizado. Anda confundida y contando cosas que no son ciertas. Viajaba con un burro canelo.

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