Una tarde me contó lo demás. Nemesio le había pegado durante años y después pedía perdón. La noche en que confesó lo de su primera esposa, Petronila, Rosalba comprendió que podía terminar igual. Antes de huir tomó de un baúl un reloj de plata que había pertenecido a aquella mujer.
Lo puso sobre mi mesa. Dentro tenía grabado: “Para Petronila, de tu hermana Eduviges”.
—Esto puede llevarnos a alguien que la reclame —dije.
Rosalba asintió.
Pero antes de que pudiéramos movernos, el peligro llegó.
Un domingo bajé al mercado de Xicotepec con los quesos. Un hombre de sombrero fino se acercó al puesto. Tenía ojos claros y una sonrisa tranquila que me puso la piel helada.
—Busco a una parienta —dijo—. Joven, pelo rizado. Anda confundida y contando cosas que no son ciertas. Viajaba con un burro canelo.