Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle, confesó que aquel hombre le había dicho que él mismo había matado a su primera esposa. El viudo entendió entonces que ella no huía para salvar su matrimonio, sino su vida. Si la escondía, el hombre que la buscaba podía llegar hasta su propia puerta.

—¿Por qué se arriesga por mí? —preguntó.

Miré la lámpara, todavía colgada en el corredor.

—Porque llevo 3 años pidiendo una razón para no apagarla.

Rosalba no respondió. Solo se cubrió la cara y lloró sin esconder el ruido.

Durante las semanas siguientes, volvió a hacer queso como le había enseñado su madre. Yo reparé el techo, puse un buen cerrojo y jamás entré sin avisar. Poco a poco dejó de brincar cuando una puerta se cerraba fuerte. Empezó a reírse. Yo también.

Rosalba insistía en ganarse su lugar. Al mediodía comíamos bajo un aguacate y por la tarde ella revisaba los quesos mientras yo atendía a las vacas. Nunca hablamos de amor. Yo me cuidaba de no confundir gratitud con cariño; ella necesitaba recuperar primero la tranquilidad de decidir por sí misma. Pero cada día esperaba con más ganas verla sentada frente al café.

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