—¿Por qué se arriesga por mí? —preguntó.
Miré la lámpara, todavía colgada en el corredor.
—Porque llevo 3 años pidiendo una razón para no apagarla.
Rosalba no respondió. Solo se cubrió la cara y lloró sin esconder el ruido.
Durante las semanas siguientes, volvió a hacer queso como le había enseñado su madre. Yo reparé el techo, puse un buen cerrojo y jamás entré sin avisar. Poco a poco dejó de brincar cuando una puerta se cerraba fuerte. Empezó a reírse. Yo también.
Rosalba insistía en ganarse su lugar. Al mediodía comíamos bajo un aguacate y por la tarde ella revisaba los quesos mientras yo atendía a las vacas. Nunca hablamos de amor. Yo me cuidaba de no confundir gratitud con cariño; ella necesitaba recuperar primero la tranquilidad de decidir por sí misma. Pero cada día esperaba con más ganas verla sentada frente al café.