Le tendí un petate en el rincón más protegido del corredor y dejé a Centella a su lado.
Antes de entrar, Rosalba me detuvo.
—Gracias por creerme, don Mateo.
—Todavía no me ha contado nada para creer o no creer.
Entonces abrió la bolsa de cuero, tocó algo envuelto en un trapo y volvió a cerrarla.
—Mi marido cree que yo sé demasiado. Y tiene razón.
Me quedé frente a ella.
Rosalba respiró hondo.
—Una noche, borracho, me confesó que su primera esposa no lo abandonó. Me dijo que él la mató y la arrojó al río. Yo soy la única que lo oyó decirlo.
Sentí que la lámpara, detrás de mí, de pronto alumbraba demasiado poco.
—¿Y por eso la busca?
Rosalba levantó los ojos.
—No quiere que vuelva, don Mateo. Quiere que yo no pueda hablar nunca.
PARTE 2
No dormí. Al amanecer hice huevos con chile, calenté tortillas y le dije a Rosalba que no seguiría caminando sin rumbo. Detrás de la casa había una antigua quesería, escondida entre cafetos. La arreglaría y, si alguien preguntaba, diría que había contratado a una viuda de otro pueblo para ayudarme con la leche.