Casi 2 años después, Rosalba me tomó una mano mientras yo lavaba las cubetas de la ordeña y la puso sobre su vientre. No hizo falta que dijera mucho. Me quedé sentado en el escalón, llorando sin vergüenza. Cuando nació nuestro hijo, Eduviges fue su madrina. No creí que una casa pudiera cambiar tanto: del silencio pasamos al llanto de madrugada, a los pañales junto al fogón y a Centella vigilando la cuna como antes había vigilado a Rosalba.
Esa noche regresamos temprano al rancho. Rosalba encendió la lámpara del corredor y Centella se echó debajo de la banca.
Yo me quedé mirando la luz sobre el camino por donde ella había llegado con su burro, cansada, cubierta de polvo y pidiendo nada más un pedazo de techo.
Durante 3 años creí que aquella lámpara iluminaba una ausencia.
Rosalba me enseñó que también podía iluminar una salida.