Un año después, una tarde de lluvia, encontré a Rosalba en el corredor limpiando la lámpara.
—¿Por qué la limpias tanto? —le pregunté.
—Porque fue lo primero que vi de esta casa.
Me senté junto a ella.
—Yo la dejaba prendida por costumbre.
—No —respondió—. La dejabas prendida porque todavía no te habías rendido.
No supe qué decir. Nunca he sido bueno para las palabras.
Saqué del bolsillo un anillo sencillo que había comprado en Xicotepec y lo puse sobre la mesa.
—Entonces no me hagas hablar mucho. ¿Te quieres casar conmigo?
Rosalba soltó una risa que terminó en llanto.
—Sí, Mateo. Pero con una condición.
—La que quieras.
Señaló la puerta.
—Que nunca volvamos a cerrarla por miedo.
Nos casamos meses después, sin fiesta grande. Eduviges llevó el reloj de Petronila en una bolsita de tela, no como recuerdo del horror, sino como prueba de que una vida borrada podía recuperar su nombre.