Había empezado a medir mi valor como madre utilizando la escala de un hombre que medía casi todo en dinero.
Mi padre acababa de recordarme que esa escala estaba equivocada.
Daniel esperó hasta que pude hablar.
—Hay algo más —dijo.
Levanté la mirada.
—¿Qué ocurre?
—La carta menciona un mecanismo de protección para los beneficiarios menores. No podemos utilizarlo para resolver automáticamente un conflicto de custodia, pero sí podemos garantizar que los activos se administren de forma independiente y que las decisiones patrimoniales se tomen conforme a las condiciones del fideicomiso.
Rebecca asintió.
—Eso nos permite separar claramente las dos cuestiones. El dinero no debe convertirse en un instrumento para decidir con quién vive Tyler.
Por primera vez, todo empezó a tener sentido.
El fideicomiso no era una recompensa por elegir a uno de sus padres.
Tampoco era una herramienta que yo pudiera utilizar para recuperar a mi hijo.