Había conseguido la custodia principal de nuestro hijo. Se llevaría a Tyler a Londres, donde dirigiría una nueva división de su empresa. Le ofrecería un colegio privado, viajes internacionales, una casa enorme y todo aquello que, según había declarado ante el juez, yo jamás podría proporcionarle.
Yo regresaría a mi pequeño apartamento de Virginia.
Sola.
O eso creía él.
Aquella noche, al llegar a casa, saqué la tarjeta del bolsillo y la coloqué sobre la mesa de la cocina.
La observé durante casi una hora.
No tenía número impreso, ni nombre de banco, ni banda magnética visible. En una esquina aparecía un pequeño símbolo dorado que parecía una llave dentro de un círculo.
Mi hijo había pasado meses planeando algo a mis espaldas. Eso era evidente.
Pero ¿qué?
Recordé la última semana, los silencios de Tyler, sus preguntas extrañas sobre mis documentos y aquella conversación que habíamos tenido tres días antes de la audiencia.