David se pasó ambas manos por el cabello.
—¡Te entregué mi sueldo para que lo guardaras! ¡No para que lo gastaras en una casa!
—¡Acabas de decirme que podía administrarlo como quisiera!
Por primera vez en siete años, vi a mi suegra enfrentarse a David sin utilizar aquella voz dulce con la que siempre conseguía que él terminara dándole la razón.
Me senté de nuevo.
Aquello ya no tenía nada que ver conmigo, al menos no directamente. Yo había decidido no volver a pagar los gastos de dos personas que acababan de decirme que no tenía derecho a participar en sus decisiones financieras.
Y, sin embargo, tenía la extraña sensación de que aquella discusión era apenas el principio.
—¿Dónde está esa casa? —preguntó David.
Evelyn guardó silencio.
—Mamá, te he hecho una pregunta.
—En las afueras de la ciudad.