Había días en los que dejaba preparada una comida calientey
remendaba en silencio mi ropa de trabajo.
Y había otros días.
Si llegaba tarde del campo, ella me esperaba en los escalones.
«¿Dónde te has entretenido tanto?».
Si sacaba a relucir la idea de ganarme la vida de otra forma, ella cortaba la conversación.
«Aquí hay trabajo que hacer».
Una vez, delante de dos vecinos, dijo:
«Si no fuera por esta casa, seguirías siendo una carga paratu padre».
No le
respondí. Los vecinos bajaron la mirada hacia el suelo.
Aquella noche, llamó a mi puerta y dejó un tazón de sopa.
No se disculpó.
No le di las gracias.
El arcón había estado en el cuarto de los trastos desde el día en que me mudé.