Cuando desperté, le pregunté por qué no había llamado a su hermana para que me cuidara.
Ella respondió:
—Porque eres mi familia.
En aquel momento pensé que lo decía porque yo era su marido.
Ahora comprendía que, quizá, ella también había empezado a creerlo.
Pero querer a alguien no te da derecho a retenerlo.
Y cuidar de una persona no borra el daño que le has hecho.
Guardé la fotografía en mi bolsillo.
Después cerré la puerta del trastero.
No volví a mirar atrás.
## Veintidós años después, mi vida empezó de nuevo
Me instalé en Plovdiv en una habitación pequeña, encima de una panadería.
Tenía cuarenta y un años.
La mayoría de mis compañeros eran mucho más jóvenes que yo.
Al principio me sentía ridículo. Me costaba estudiar, me dolían las manos después de escribir durante horas y, algunas noches, me despertaba convencido de que había olvidado alimentar a los animales.