Mi padre había seguido recibiendo dinero incluso después de que todas las obligaciones estuvieran saldadas.
Había continuado utilizando mi trabajo como excusa para mantener a Stoyanka atada al acuerdo y a mí atado a aquella casa.
Sentí una rabia tan intensa que tuve que cerrar el libro.
Entonces encontré una última hoja.
Era una escritura de propiedad.
La parcela que mi padre había comprado figuraba a nombre de mi hermano menor, pero el dinero utilizado para adquirirla provenía de una cuenta vinculada a los pagos de Stoyanka.
No sabía si mi hermano conocía el origen de aquel dinero.
No sabía si había participado en el engaño.
Pero sí sabía que, al día siguiente, iría a ver a mi padre.
Y que, por primera vez en mi vida, no volvería a su casa para pedirle permiso.
Volvería para exigirle respuestas.