Y tenía razón.
No querías aquella vida.
Por eso guardé los documentos.
Al principio los conservé para protegerme de tu padre. Después los guardé porque cada año me resultaba más difícil mirarte a los ojos.
Me decía que te daría libertad cuando las deudas estuvieran pagadas.
Luego me decía que te la daría cuando terminara la cosecha.
Después, cuando llegara la primavera.
Siempre encontraba una excusa.
La verdad es que me acostumbré a tenerte aquí.
Me acostumbré a escuchar tus pasos por la mañana, a encontrar tus herramientas junto a la puerta y a saber que, cuando me enfermara, habría alguien que me acercaría un vaso de agua.
Nunca te lo dije, pero hubo momentos en los que tuve miedo de que te marcharas.
No porque no pudiera trabajar las tierras sin ti.
Sino porque, después de tantos años, no sabía cómo volver a vivir sola.