Fui a tu padre porque necesitaba ayuda para encontrar a alguien que trabajara las tierras.
Él me habló de ti.
Me dijo que eras fuerte, que querías estudiar y que tenías una familia que apenas podía alimentarte.
Me prometió que aceptarías trabajar conmigo durante unos años.
Yo le creí.
No sabía que había hablado contigo como si ya hubiera decidido toda tu vida.
Cuando te vi sentado en aquella habitación, con la cabeza baja, comprendí que no querías estar allí.
Debí haber cancelado la boda.
Debí haberte dejado marchar.
Pero tenía miedo.
Si perdía las tierras, perdería también la casa que había pertenecido a mi familia durante generaciones. Pensé que podría convencerte de quedarte un año, después otro, y que acabarías aceptando nuestra vida.
Me equivoqué.
Y cuando comprendí cuánto te había quitado, ya no supe cómo devolvértelo».