Pero aquello era diferente.
Había negociado mi futuro sin preguntarme.
Me había quitado la oportunidad de estudiar.
Y había utilizado mi miedo a la pobreza para asegurarse de que no pudiera escapar.
Entonces descubrí otro papel.
Era una carta dirigida a Stoyanka.
La fecha correspondía a seis meses después de nuestra boda.
Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.
«Stoyanka:
Espero que el muchacho esté cumpliendo con lo acordado. No olvides que mi familia depende de ese dinero. Si vuelve a hablar de marcharse, recuérdale lo que sucederá si rompes el contrato.
Un hombre debe aprender a pagar sus deudas.
Atentamente,
Petar».
Leí la carta una segunda vez.
Después una tercera.
Y entonces comprendí por qué Stoyanka nunca me había dejado abandonar aquella casa.
Pero aún no sabía por qué ella había aceptado participar en semejante acuerdo.
Debajo de la carta había un sobre pequeño.