—¿Usted me tuvo en brazos cuando nací?
Valentina asintió.
—Solo unos minutos. Pero recuerdo tu cara. Recuerdo tus manos pequeñas. Recuerdo que llorabas cuando te separaban de mí.
El joven cerró los ojos.
—Toda mi vida pensé que nadie me había querido.
Valentina negó con la cabeza.
—No, cariño. Nunca fue eso.
Nicolás se arrodilló frente a ella y tomó sus manos.
—No sé cómo sentirme.
—No tienes que decidirlo hoy.
—Estoy enfadado. Estoy triste. Y también quiero abrazarla.
Valentina soltó una risa ahogada entre lágrimas.
—Puedes hacer las tres cosas.
Entonces Nicolás la abrazó.
No fue un abrazo breve.
Fue el abrazo de una madre que llevaba veintidós años esperando volver a tocar a su hijo y de un joven que, por primera vez, podía mirar a la mujer que le había dado la vida.
Yo aparté la mirada.