Tenía el cabello más corto y algunas hebras blancas. Su rostro era más delgado de lo que recordaba. Había envejecido, como yo.
Pero sus ojos eran los mismos.
Me vio entrar.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después sus labios comenzaron a temblar.
—Mateo.
Aquella sola palabra derrumbó veintidós años de silencio.
Me acerqué lentamente.
—Valentina…
No sabía si debía abrazarla, preguntarle dónde había estado o exigirle que me explicara por qué me había permitido creer que estaba muerta.
Ella pareció leer mis pensamientos.
—Lo siento.
Me senté frente a ella.
—Me dijeron que habías muerto.
—Lo sé.
—Vi un certificado de defunción.
Valentina cerró los ojos.
—Era falso.
Sentí que la rabia me subía por el pecho.
—¿Quién lo hizo?
—Tu madre.
Me levanté de golpe.
—¿Mi madre?
Valentina asintió.
—Descubrió que estaba embarazada y me ofreció dinero para desaparecer. Yo me negué. Le dije que quería tener al bebé y que tú tenías derecho a saberlo.