Quizá no la habían secuestrado.
Quizá había descubierto algo y había decidido seguir una pista por su cuenta.
Entonces sonó mi teléfono.
Era ella.
—Mateo.
Cerré los ojos al escuchar su voz.
—¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—Estoy bien. No puedo explicártelo todo por teléfono.
—¿Quién te ha llevado?
—Nadie me ha obligado a irme. Tu padre me pidió que lo ayudara a recuperar una prueba. Pero las cosas se complicaron.
—¿Dónde está él?
Lucía guardó silencio.
—No lo sé. Nos separamos cuando descubrimos que alguien nos seguía.
Sentí una punzada de rabia.
—¡Podrías haberme avisado!
—Lo sé. Y lo siento. Pensé que, si alguien sabía que estábamos trabajando juntos, te utilizarían para llegar hasta nosotros.
—Ya me han llamado para amenazarme.
Su respiración se aceleró.
—¿Qué?
—Alguien me dijo que dejara de investigar si quería volver a verte.