—No te vayas —dije.
El abogado se detuvo.
—Mateo, no tienes derecho a retenerme.
—No pienso hacerlo. Pero quiero que sepas que todos los documentos están siendo revisados por un despacho independiente.
Su expresión cambió.
—Eso podría perjudicar seriamente al grupo.
—Si las cuentas están limpias, no debería preocuparnos.
Adrián me sostuvo la mirada.
Después dijo algo que jamás olvidaría.
—Tu padre también creyó que podía investigarlo todo.
Sentí un escalofrío.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia.
Y salió de la casa.
Regresé al coche sin despedirme.
Tenía la cabeza llena de preguntas.
Pero antes de arrancar recibí un mensaje de Verónica.
«Mateo, necesitamos hablar urgentemente. Encontré algo en los archivos de la fundación».
La llamé.
—¿Qué ocurre?
—Los movimientos de Inversiones Cobalto no terminaron hace veintidós años.
Me quedé inmóvil.