Me miró a los ojos.
—Que tú nunca fuiste una mujer débil. Yo simplemente era demasiado arrogante para reconocer tu fuerza.
Durante unos segundos, no supe qué decir.
Finalmente, asentí.
—Espero que hayas aprendido algo que te ayude a ser mejor padre.
No hubo reconciliación romántica.
No hubo promesas de volver a empezar.
Solo dos personas que habían compartido once años de vida, intentando encontrar una manera más sana de seguir adelante.
Y eso era suficiente.
8. La última carta
Un año después de aquel divorcio, recibí una carta de Preston.
No me pedía que regresara.
No me pedía dinero.
Tampoco intentaba justificar lo que había hecho.
Solo había escrito unas pocas páginas sobre sus hijas, sobre su familia y sobre la persona en la que se había convertido.
En uno de los párrafos decía: