Elena.
—Es para ti —dijo.
Lo contemplé durante un largo rato.
—Es precioso, cariño.
Abigail señaló a la figura de Elena.
—Mamá está con nosotros, ¿verdad?
Sentí un nudo en la garganta.
—En nuestros recuerdos, en lo que nos enseñó y en el amor que todavía sentimos por ella.
Abigail asintió, satisfecha con la respuesta.
Después me tomó de la mano.
—Entonces no estamos solos.
La abracé.
Y por primera vez en muchos años, aquella frase no me pareció un consuelo que los adultos inventaban para los niños.
Era verdad.
No porque Elena pudiera regresar.
No porque el dinero hubiera reparado lo sucedido.
Sino porque, a pesar de todo, habíamos encontrado una forma de seguir viviendo sin permitir que el dolor decidiera quiénes seríamos.
Esa noche, cuando Abigail se quedó dormida, volví a sacar la primera carta de Elena.
La leí una vez más.