Cuando regresamos a casa, Darlene me pidió hablar a solas.
Me entregó una carpeta.
Dentro estaban los documentos de una fundación creada en memoria de Elena para ofrecer asesoramiento legal y apoyo a familias que sufrían separación forzada, fraude o abuso económico.
—Quiero que tú decidas si deseas participar —dijo—. No tendrás ninguna obligación conmigo.
Miré los documentos.
—¿Por qué haces esto?
Darlene contempló la fotografía de su hija.
—Porque no puedo salvar a Elena. Pero quizá pueda ayudar a otras familias antes de que sea demasiado tarde.
Acepté colaborar, con una condición: que la fundación publicara cuentas transparentes y que ninguna familia tuviera que entregar su historia personal para recibir ayuda.
Darlene estuvo de acuerdo.
La fundación no se convirtió en una solución mágica.
Hubo problemas de financiación, casos difíciles y días en que las personas a las que intentábamos ayudar no conseguían la respuesta que esperaban.