Sonó como la de alguien que comprendía el miedo.
Acepté escuchar las condiciones, pero exigí que cualquier contrato fuera revisado por un abogado independiente.
Darlene estuvo de acuerdo.
Aquella misma tarde, un automóvil nos llevó a una clínica especializada.
Abigail estaba sentada a mi lado, abrazando su conejo de peluche.
—Papá, ¿la señora rica es tu amiga?
Sonreí.
—Estamos conociéndonos, cariño.
Darlene, sentada frente a nosotros, levantó la mirada.
—Hola, Abigail.
Mi hija sonrió tímidamente.
—Hola. ¿Por qué caminas tan despacito?
Me quedé helado.
Pero Darlene soltó una pequeña carcajada.
—Porque a veces los adultos también necesitan descansar.
Abigail asintió seriamente.
—Mi papá dice que ser fuerte no significa que nunca te duela nada.
La expresión de Darlene cambió.
Durante unos segundos pareció incapaz de hablar.
Después miró hacia la ventana.
Cuando llegamos a la clínica, el especialista revisó el historial de Abigail.