Lo escuché.
Pero no regresé con él.
Durante las siguientes semanas vivimos separados.
Brandon empezó terapia individual.
Yo también busqué apoyo profesional.
Necesitaba comprender por qué había pasado tantos años evitando cualquier conflicto, incluso cuando algo me lastimaba.
Mi terapeuta me hizo una pregunta que nunca olvidaré:
—¿Qué crees que habría ocurrido si hubieras dejado de sonreír aquella noche?
Pensé durante varios segundos.
—Brandon se habría enojado.
—¿Y por qué era tu responsabilidad evitar su enojo?
No supe responder.
Aquella pregunta me acompañó durante días.
Había pasado años preocupándome por mantener la paz.
Pero nunca me había preguntado cuánto me estaba costando.
Dos meses después, Brandon me pidió otra oportunidad.
Nos encontramos en una cafetería.
Esta vez no llevó flores.
Tampoco habló del dinero.
—He estado pensando mucho —dijo.
Lo observé.
—¿Sobre qué?
—Sobre cómo te trataba delante de otras personas.